El sol caía a plomo sobre la terraza del Sky Lounge, pero el aire olía a Chanel y a dinero. A mi alrededor, las risas tintineaban como las copas de cristal. Mi madre, sentada frente a mí, ajustaba el brillo de su anillo de diamantes mientras mi padre fingía interesarse por la carta de vinos. Fue entonces cuando vi a Don Emilio atravesar la puerta acristalada. Llevaba un sobre color marfil en la mano, y su mirada se clavó en la mía con una intensidad que heló el momento.
—Mira quién está aquí —dijo mi padre, con una sonrisa forzada.
Don Emilio se acercó a nuestra mesa. Era el abogado de la familia, o lo había sido hasta que mi padre lo despidió sin explicación hace dos años.
—Buenas tardes, familia —saludó, sin dirigirse a nadie en particular.
—Emilio —respondió mi madre, tensa.
Él colocó el sobre sobre la mesa, justo frente a mí.
—Esto es para ti, Alejandro. Contiene la verdad que tu padre ha estado ocultando.
Mi padre se puso en pie de un salto.
—¡No tienes derecho! —bufó.
Yo miré el sobre. El papel parecía antiguo, con un sello de lacre rojo. Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué podía contener? La tensión se podía cortar.
—Ábrelo —susurró mi hermana, Clara, a mi lado.
Mi madre negaba con la cabeza, los ojos húmedos. Tenía que decidir: ¿leer la carta o enfrentar a Don Emilio directamente?