Las lágrimas no paraban. Me sequé los ojos con el pañuelo, que ya estaba empapado. El biker principal seguía arrodillado a mi lado, los otros tres de pie, formando un círculo protector. Uno de ellos, el más joven, se acercó a la barra y volvió con una taza humeante.
—Tome, madre. El susto se pasa con algo calientito —dijo, colocándola frente a mí con una delicadeza que no encajaba con sus tatuajes.
Era manzanilla. El aroma me llegó y, por primera vez, sentí que el nudo en el estómago se aflojaba un poco. Bebí un sorbo. El calor se extendió por mi pecho.
—No sé ni cómo se llaman —dije, esbozando una sonrisa tímida.
El líder se presentó: —Soy Darío. Él es Marcos —señaló al que me había traído el té—, y ellos son Javi y Rubén. Somos un club de moteros. Venimos de paso, pero el tiempo no importa cuando alguien necesita ayuda.
—Yo soy Elena —respondí—. Y les he dado un espectáculo lamentable.
—No diga eso —dijo Darío—. Ese tipo es un idiota. Y usted es una mujer fuerte. Verla llorar no la hace débil, la hace humana.
Suspiré. Miré la taza y luego a ellos.
—¿Por qué lo hicieron? Podrían haberse ido a su mesa y no meterse.
Darío se encogió de hombros. —Porque nadie debería sufrir sola. Porque mi madre me crió para respetar a las mujeres. Porque cuando vi su cara, supe que necesitaba a alguien. Y nosotros somos buenos para eso.
Se hizo un silencio cómplice. La cajera, una mujer mayor, nos miraba con los ojos vidriosos, limpiando el mostrador sin necesidad.
—Bueno —dijo Darío, levantándose—. ¿Qué quiere hacer ahora? Podemos acompañarla hasta su coche, o si prefiere, puede quedarse aquí un rato más. Usted decide.
Me quedé pensando. Había sido un día agotador. Pero el coche me esperaba, y la casa vacía también. Por otro lado, la idea de caminar sola hasta el aparcamiento me helaba la sangre. Aún podía sentir la presión de los dedos de mi ex en mi brazo.