—Prefiero ir sola —dije, y la decisión me costó, pero necesitaba demostrarme a mí misma que podía.
Darío asintió, respetando mi elección. —Como quiera, jefa. Pero estaremos aquí un rato más. Si necesita algo, estamos en la mesa del fondo.
—Gracias —respondí, y me puse en pie. Las piernas me temblaban, pero me obligué a caminar hacia la puerta. Al salir, el sol me cegó un instante. Parpadeé y respiré hondo. El aparcamiento estaba casi vacío. Mi coche estaba al fondo, solitario.
Caminé despacio, escuchando mis pasos sobre el asfalto. Cada sombra me hacía saltar, pero seguí adelante. Llegué al coche y saqué las llaves. Justo cuando iba a abrir la puerta, oí pasos detrás de mí.
Me giré, el corazón en un puño. Pero no era mi ex. Era uno de los bikers, Javi, con su casco en la mano.
—Disculpe —dijo, un poco avergonzado—. Darío me pidió que la vigilase desde lejos, pero creo que me he delatado. No quería que se asustara.
Una risa nerviosa escapó de mis labios. —No, no, está bien. Gracias.
—Solo quería asegurarme de que llegaba bien —dijo—. Ya me voy.
—Espera —dije—. ¿Quieres… quieres darle las gracias a Darío de mi parte? No sé cómo habría acabado todo sin vosotros.
—Se lo diré —sonrió—. Cuídese.
Se dio la vuelta y regresó a la cafetería. Me quedé un momento, con las llaves en la mano. Me subí al coche y, al arrancar, vi la silueta de Javi en la puerta, asegurándose de que me iba bien.
Conduje hacia casa. El viaje fue tranquilo. Al llegar, aparqué y me quedé un rato sentada, mirando el portal. No sentí miedo. Sentí que, aunque estaba sola, había personas dispuestas a cuidar de mí. Y eso bastaba.