Dejé el sobre sobre la mesa y me levanté, encarando a Don Emilio.
—¿Qué derecho tienes a venir aquí a perturbar la paz de mi familia? —dije, con la voz firme pese al temblor interior.
Don Emilio no se inmutó. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un documento doblado.
—Tu paz está basada en una mentira, Alejandro. Tu padre ha estado ocultando que la fortuna familiar se construyó sobre las ruinas de la familia de tu madre.
Mi madre soltó un gemido. Mi padre intentó interrumpir, pero Don Emilio alzó la voz:
—¡Cállate, Federico! He guardado silencio demasiado tiempo. Tu abuelo, antes de morir, me pidió que te entregara esto en el momento adecuado. Ese momento es ahora.
Me tendió el documento. Lo tomé. Era un testamento antiguo, con la firma de mi bisabuelo materno.
—¿Qué dice? —pregunté, sin atreverme a leer.
—Que tus abuelos maternos heredaron las tierras que tu padre luego les robó mediante un contable amigo. La finca donde ahora vivimos era de ellos.
Miré a mi padre, que se había cubierto el rostro con las manos. Mi madre sollozaba.
—¿Es esto cierto? —le pregunté.
—No del todo… —balbuceó.
—Basta de medias verdades —cortó Don Emilio—. Tengo pruebas.
Clara me agarró del brazo.
—¿Qué vamos a hacer?
La pregunta flotaba en el aire mientras todos esperaban mi reacción.