Tomé aire, y en ese aire metí todos los años de silencio, todas las humillaciones, todas las veces que me había tragado el orgullo. Miré al biker, a esos ojos que prometían protección, y asentí.
—Sí, hijo —dije, y la palabra me supo a caramelo—. Dile quiénes somos.
Sonrisa de lado del biker. Se volvió hacia mi ex con una lentitud que cortaba el aire.
—Has oído a mi madre, imbécil. Te largas de aquí o te largamos nosotros.
Los otros tres se levantaron. Las sillas de madera rasparon el suelo como un trueno. Formaron una barrera de cuero y lealtad que yo nunca había tenido. Mi ex dio un paso atrás, su rostro perdió el color.
—Esto… esto es ridículo —balbuceó—. Te salvaste hoy, Elena.
Dio media vuelta y salió casi corriendo. La campanilla sonó con furia al cerrarse la puerta. El silencio se hizo dueño de la cafetería. Solo se oía el siseo de la máquina de café.
Las piernas me flaquearon. Me dejé caer en la silla, escondí la cara entre las manos y lloré. Lloré por el miedo, por la soledad, por los hijos que nunca tuve. Esperaba que los bikers se fueran, que me dejaran con mi vergüenza. Pero no.
Una mano enorme, áspera, se posó en mi hombro. El biker principal se arrodilló a mi lado.
—Ya pasó, jefa. Ya no está. Respire. Aquí nadie va a tocarle un pelo.
Me ofreció un pañuelo de tela limpio. Lo cogí con manos temblorosas.
—No sé cómo agradecérselo —susurré—. Yo… inventé lo de mi hijo porque estaba desesperada. No quería que me viera sola otra vez. Perdón por interrumpir su comida.
Él sonrió.
—Usted no inventó nada, jefa. Mi madre me enseñó que una mujer nunca debe caminar sola. Hoy, si usted quiere, tiene cuatro hijos que la van a acompañar a su carro. Y si ese tipo vuelve, solo déjenoslo saber. La familia se cuida.
El calor de sus palabras me envolvió. Sentí que el pecho se me llenaba de algo que había olvidado: esperanza.