—Me encantaría que me acompañaran —dije, y la frase me salió sin pensarlo.
Darío sonrió, y esa sonrisa iluminó su rostro curtido por el viento. —Entonces, vamos.
Me levanté con cuidado. Las piernas aún me temblaban un poco, pero él me ofreció el brazo y lo acepté. La cajera nos despidió con un gesto.
—Cuídese, señora —dijo, y yo asentí.
Al salir, el sol de la tarde nos recibió con una luz dorada que parecía bendecir el momento. Los cuatro hombres formaron un pasillo a mi alrededor. Marcos caminaba a mi izquierda, Javi a la derecha, Rubén detrás, y Darío delante, marcando el paso. Era como si fuera una reina escoltada por su guardia personal.
Llegamos a mi pequeño coche, un utilitario azul que había visto días mejores. Darío me abrió la puerta con una galantería que me hizo sonreír.
—Gracias —dije, y entonces, sin pensarlo, lo abracé. Fue un abrazo apretado, de esos que curan el alma, que huelen a hogar y a protección. Él correspondió con suavidad, como si temiera romperme.
—Gracias, hijo —le dije al oído, permitiéndome soñar por un segundo que era verdad.
—De nada, mamá —respondió en voz baja—. Maneje con cuidado.
Me soltó. Me subí al coche, cerré la puerta, y bajé la ventanilla.
—Si alguna vez pasan por aquí, la cafetería es mi segundo hogar. Estaré encantada de invitarles a un café —dije.
—Lo tendremos en cuenta —dijo Darío, y los cuatro se despidieron con la mano.
Arranqué el motor. Por el espejo retrovisor los vi quedarse en la acera, saludando hasta que doblé la esquina. Entonces, por primera vez en diez años, no sentí miedo de volver a casa. Mis manos en el volante dejaron de temblar. Sonreí de verdad.
—Gracias, hijos —susurré, y el viento se llevó mis palabras.