El aplauso de la verdad

Las dos ramas se unieron en ese momento. Yo estaba del brazo de mi madre, y el sonido de los aplausos llenaba el salón. No miré atrás, pero podía sentir la tensión en el ambiente. Los fotógrafos disparaban sus cámaras, los flashes nos iluminaban por detrás como si fuéramos los protagonistas de una película. Mi madre apretaba mi brazo con fuerza, y yo podía percibir su temblor.

—Hijo, esto es demasiado —murmuró—. Yo solo quería verte feliz.

—Lo sé, mamá. Y ahora lo soy. Porque estoy contigo.

Llegamos a las puertas del salón. El maître nos abrió, y el aire fresco de la noche nos golpeó el rostro. Pero antes de cruzar, escuché que alguien me llamaba: era el padre de Vanessa, un hombre mayor que hasta ese momento no había intervenido.

—Alejandro, espera —dijo, con voz grave.

Me detuve. Mi madre me miró, interrogante. Me volví hacia él, y vi que se acercaba con las manos extendidas.

—No tienes por qué irte así. Puedes quedarte, hablar con los invitados. Explicarles. Algunos entenderán.

Miré a mi madre, luego al hombre. La decisión era mía. Podía quedarme un momento, decir unas palabras, dignificar la situación ante la sociedad. O podía irme en silencio, sin dar explicaciones, dejando que los murmullos hablaran por mí. Era mi segunda encrucijada.

—C) Quedarme y hablar con los invitados
—D) Irme sin mirar atrás

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