Tras el estallido inicial, la terraza se sumió en un silencio tenso. Los camareros se mantenían a distancia, los demás clientes cuchicheaban. Mi padre rompió el silencio.
—Es cierto. Todo lo que dice esa carta es verdad. Pero lo hice por nosotros, por darte un futuro mejor.
—¡No! —gritó mi madre—. ¡Lo hiciste por tu orgullo, por tu obsesión con el dinero!
—Mamá, papá, basta —intervine—. Esto no se arregla a gritos.
Clara se levantó y se apoyó en la barandilla, de espaldas a todos.
—Necesito saber algo —dije, dirigiéndome a mi padre—. ¿Sabías que el abuelo había dejado esa carta?
—Lo sospechaba —admitió—. Cuando lo despedí, Emilio me dijo que algún día me arrepentiría.
Don Emilio asintió.
—Le prometí a tu abuelo que velaría por la justicia.
Miré a mi madre. Tenía el rostro surcado por lágrimas silenciosas.
—Mamá, ¿tú sabías algo?
—Sospechaba —susurró—. Pero no quería enfrentarlo. Tenía miedo de perderos a vosotros también.
El sol se había puesto, y las luces de la ciudad empezaban a parpadear. Me sentí atrapado entre dos lealtades. Debía decidir: ¿apoyar a mi madre y reclamar lo que es suyo, o intentar comprender a mi padre y buscar una reconciliación? La familia se rompía en ese preciso instante.
—Tengo que tomar una decisión —dije, mirando a ambos.
—Haz lo que creas correcto, hijo —dijo mi padre con voz quebrada.
—Sé justo —añadió mi madre.
Clara se dio la vuelta.
—Sea lo que sea, yo te apoyaré.
Don Emilio guardó los documentos.
—La decisión es tuya, Alejandro. Pero recuerda que la verdad no tiene precio.
¿Qué habrías hecho?